Las audiencias recientes sobre la inmigración, llevadas a cabo en el subcomité judicial del Congreso (de EE.UU.), ahora controlado por el Partido Republicano, se enfocaron en el cumplimiento de la ley, pero el mensaje de fondo fue que los inmigrantes están tomando los trabajos que por derecho le pertenecen a los trabajadores estadounidenses.

La implicación era clara: si podemos reducir la inmigración ilegal, esto significará más empleos y salarios más altos para los trabajadores nacidos en EE.UU., especialmente los pobres y las minorías.

Ese mensaje puede que rinda beneficios políticos, pero no refleja la realidad del dinámico mercado laboral de EE.UU. Simplemente no hay evidencia de que la inmigración aumenta la tasa de desempleo de EE.UU. o de que reduce los salarios de los trabajadores estadounidenses.

La actual tasa de desempleo de EE.UU., de alrededor de 9%, no está relacionada con la inmigración. Hace cuatro años la tasa estaba por debajo de 5% cuando, de acuerdo al Pew Hispanic Center, había 1 millón más de inmigrantes ilegales en EE.UU. que hoy.

La mejor estrategia para abordar la inmigración, mientras nuestra economía se recupera de la recesión, sería expandir los canales para el ingreso legal.

De hecho, la inmigración ayuda a amortiguar las variaciones en la tasa de desempleo actuando como una especie de válvula de seguridad para el mercado laboral de EE.UU. Cuando los empleos son abundantes y hay un número limitado de trabajadores en los mercados laborales, suelen venir más inmigrantes. Cuando los trabajos son escasos y el desempleo es alto, vienen menos inmigrantes y muchos de ellos deciden regresar a sus países de origen, una opción no disponible para los estadounidenses nacidos en EE.UU.

La gran mayoría de estadounidenses no tienen por qué temer la pérdida de su empleo frente a un inmigrante. Los inmigrantes típicamente ocupan nichos del mercado laboral en el nivel más alto y en el más bajo del espectro de preparación, desde agricultores y lavaplatos hasta científicos de computadoras y profesores de física. Por supuesto, los estadounidenses también pueden desempeñar esos trabajos, pero no suplirían la demanda de trabajadores durante los años de crecimiento normal. Como resultado, los inmigrantes complementan a gran parte de los trabajadores estadounidenses en lugar de competir con ellos.

Numerosos estudios han descubierto un impacto generalmente positivo de la inmigración sobre los salarios de los nativos. Los únicos dos grupos que sí sufren alguna reducción salarial debido a la inmigración son otros inmigrantes recientes y el grupo cada vez más pequeño de estadounidenses adultos trabajando sin un título de secundaria.

Un estudio comprensivo realizado por National Research Council (NRC), en 1997, concluyó que la inmigración aumenta el ingreso de los trabajadores estadounidenses en total por hasta US$10.000 millones, pero que si reduce ligeramente los salarios de los trabajadores estadounidenses con menos preparación. El NRC mostró que la inmigración no tenía un efecto negativo sobre los salarios de los afroamericanos como grupo.

Estudios más recientes han confirmado el impacto benigno de la inmigración sobre los salarios estadounidenses. En un estudio de 2006, para el National Bureau of Economic Research (NBER), los economistas Gianmarco Ottaviano y Giovanni Peri estimaron que la inmigración entre 1990 y 2004 había reducido los salarios de los estadounidenses sin un diploma de secundaria entre 1 y 2%, mientras que aumentó los salarios de más de 90% de los adultos estadounidenses con un título de secundaria en 0,7% en el corto plazo y en 1,8 a largo plazo.

Los inmigrantes tienen un impacto relativamente pequeño sobre los salarios de los trabajadores nacidos en EE.UU., por tres razones importantes:

Primero, los inmigrantes suelen traer consigo un conjunto distinto de habilidades y de preferencias acerca del tipo de trabajo que ellos desempeñan, comparado con los trabajadores nacidos en EE.UU., de manera que los inmigrantes son sustituidos con menos facilidad que sus contrapartes nativos.

Segundo, al aumentar el tamaño de la fuerza laboral, los inmigrantes suelen aumentar los retornos sobre el capital, estimulando la inversión en la economía y aumentando la productividad y el salario de todos los trabajadores, incluyendo aquellos que han nacido en EE.UU.

Los inmigrantes también pueden aumentar la inversión a través de su propio capital humano y espíritu emprendedor. Un estudio de 2007, de Duke University, descubrió que un cuarto de todas las empresas de ingeniería y tecnología creadas entre 1995 y 2005, tenían al menos un fundador clave que había nacido en otro país. Esas empresas con al menos un co-fundador inmigrante produjeron US$52.000 millones en ventas y emplearon a 450.000 trabajadores en 2005.

Tercero, a pesar de toda la bulla en la política acerca de la inmigración, el número de inmigrantes y su producto continúa siendo modesto comparado al tamaño total de la economía estadounidense, que emplea cerca de 150 millones de trabajadores y produce más de $14 billones al año.

La mejor estrategia para abordar la inmigración, mientras nuestra economía se recupera de la recesión, sería expandir los canales para el ingreso legal. Los inmigrantes legales suelen invertir más en su trabajo y en sus habilidades lingüísticas y gozan de un mayor poder para negociar en el mercado laboral, resultando en salarios más altos no sólo para los inmigrantes sino para los estadounidenses que trabajan junto a ellos.

Hay muchos culpables en Washington por la recesión y la consiguiente pérdida de millones de empleos durante los últimos años. Los inmigrantes trabajando con mucho esfuerzo en nuestra economía hoy en día, no son parte del problema, sino parte de la solución.

*Esta columna fue publicada originalmente en el centro de estudios públicos ElCato.org.